Publicamos "Relatos Nuevos Diariamente"
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Estimados amigos. Hace tiempo que sigo vuestros relatos y no puedo negar que me he puesto cachondísimo infinidad de veces con las cosas que he leído aquí. Aprovecho y os cuento cual fue mi primera experiencia. Soy de Badajoz, (España) y tengo 35 años. Edad suficiente para conocer el servicio militar obligatorio.
Cuando yo hice la mili tenía 19 años y estaba como un cañón. Delgado, pero ancho de espaldas, un culo de campeonato, piernas fuertes y una polla preciosa. Tenía cara de niño y en el fondo lo era, como muchos de mi edad que estábamos verdes y sin picardía.
La primera vez que tuve una experiencia con un hombre fue precisamente allí. Yo estaba en el ejército del aire. Todos de azul marcando paquete con aquellos pantalones que tuvieras o no pollón te hacían aparentar el rabo de un toro y el culo de un gitano.
El caso es que un día al levantarnos todos por la mañana, como todo se hacía tan rápido; ducha afeitado, vestirse, formar y todas aquellas tonterías, pues no funcionaban las duchas y solo se podían usar tres para los treinta que estábamos en aquella camareta enorme y casi vacía. Nos metíamos en las duchas de cuatro en cuatro, desnudos, jóvenes, jugosos, con los huevos llenos y el rabo nervioso. En una de estas, cuando yo entré y con la excusa de las prisas y la falta de espacio, noto que un compañero apretaba mas de la cuenta mi culo.
Al principio creí que era por accidente, pero se hizo raro que me rozara con la mano la pija y no hiciese por no tocarnos como hacíamos los demás para reírnos y simular que éramos los más machos del mundo mundial. Por la noche, antes de dormir, estaba yo meando en los urinarios de pared, con aquellos calzoncillos horribles de algodón azul.
Se puso a mi lado aquel chavalote de vientre liso y cara colorada de trabajar en el campo y empieza a mear y a hablarme mientras se sobaba la morcilla. Era evidente que era un semental y estaba excitándose. Me preguntó si tenía novia y que si me pajeaba mucho pues el estaba muy nervioso y necesitaba correrse.
Le pregunté ¿porqué me decía eso?. Me contestó porque no era malo que dos tíos se pajeasen juntos. Y me dijo que porque no entraba con el en uno de los wc y nos tocábamos un rato.
No me lo creía, me estaba invitando a una paja un burro en todos los sentidos pero con unos ojos azules escandalosos y el vello púbico rubio. Y yo sin creer lo que hacía, entré en uno de los wc, empalmado, nervioso, con las orejas rojas y los huevos duros como nueces. Él entró detrás, cerró la puerta, me empujó para abajo y me hizo tragar su nabo descomunal.
Me dolía la boca, aquello era ridículo, pero su olor a macho empezó a ponerme el culo empapado. Él tenía prisas y no era un lugar adecuado y antes de que dijera nada tuve que tragarme una lechada digna del mejor potro. Allí me quedé con cara de gilipollas, rezumando semen por las comisuras de los labios, y con un calentón de narices.
Varios días después, en la cantina estuve hablando con él. Me pidió disculpas por lo de la noche y me prometió compensarme. Una tarde de permiso nos fuimos en su coche de paseo y me llevó a un descampado. Y lo que pasó fue genial. Me sacó fuera, me bajó los pantalones, me la chupó como solo sabe hacerlo un hombre y me puso un condón. Se bajó los pantalones y me dijo que me lo follara.
Nunca lo había hecho con un tío, lo que se es que le metí el rabo hasta los huevos. El gritaba, fóllame macho, hazme tu hembra, quiero ser tuya.
Lo que más me excitaba era ver a un tío rubio guapísimo, criado en cortijos, fuerte, capaz de derribar a un caballo de un porrazo, portándose como una maricona y abriéndose para que lo penetrara un estudiante salido y resultón que solo tenía de fiero soldado el nabo que estaba rompiendo el culo del rústico.
Saqué mi polla, me quité el condón y le hice tragar toda la leche que no era poca. Se relamió, me limpió, se la tragó y después me pidió que le soltara una bofetada. Y lo hice.
Después de tantos años aún me lo sigo follando.
Sexo en el cuartel
Cuando yo hice la mili tenía 19 años y estaba como un cañón. Delgado, pero ancho de espaldas, un culo de campeonato, piernas fuertes y una polla preciosa. Tenía cara de niño y en el fondo lo era, como muchos de mi edad que estábamos verdes y sin picardía.
La primera vez que tuve una experiencia con un hombre fue precisamente allí. Yo estaba en el ejército del aire. Todos de azul marcando paquete con aquellos pantalones que tuvieras o no pollón te hacían aparentar el rabo de un toro y el culo de un gitano.
El caso es que un día al levantarnos todos por la mañana, como todo se hacía tan rápido; ducha afeitado, vestirse, formar y todas aquellas tonterías, pues no funcionaban las duchas y solo se podían usar tres para los treinta que estábamos en aquella camareta enorme y casi vacía. Nos metíamos en las duchas de cuatro en cuatro, desnudos, jóvenes, jugosos, con los huevos llenos y el rabo nervioso. En una de estas, cuando yo entré y con la excusa de las prisas y la falta de espacio, noto que un compañero apretaba mas de la cuenta mi culo.
Al principio creí que era por accidente, pero se hizo raro que me rozara con la mano la pija y no hiciese por no tocarnos como hacíamos los demás para reírnos y simular que éramos los más machos del mundo mundial. Por la noche, antes de dormir, estaba yo meando en los urinarios de pared, con aquellos calzoncillos horribles de algodón azul.
Se puso a mi lado aquel chavalote de vientre liso y cara colorada de trabajar en el campo y empieza a mear y a hablarme mientras se sobaba la morcilla. Era evidente que era un semental y estaba excitándose. Me preguntó si tenía novia y que si me pajeaba mucho pues el estaba muy nervioso y necesitaba correrse.
Le pregunté ¿porqué me decía eso?. Me contestó porque no era malo que dos tíos se pajeasen juntos. Y me dijo que porque no entraba con el en uno de los wc y nos tocábamos un rato.
No me lo creía, me estaba invitando a una paja un burro en todos los sentidos pero con unos ojos azules escandalosos y el vello púbico rubio. Y yo sin creer lo que hacía, entré en uno de los wc, empalmado, nervioso, con las orejas rojas y los huevos duros como nueces. Él entró detrás, cerró la puerta, me empujó para abajo y me hizo tragar su nabo descomunal.
Me dolía la boca, aquello era ridículo, pero su olor a macho empezó a ponerme el culo empapado. Él tenía prisas y no era un lugar adecuado y antes de que dijera nada tuve que tragarme una lechada digna del mejor potro. Allí me quedé con cara de gilipollas, rezumando semen por las comisuras de los labios, y con un calentón de narices.
Varios días después, en la cantina estuve hablando con él. Me pidió disculpas por lo de la noche y me prometió compensarme. Una tarde de permiso nos fuimos en su coche de paseo y me llevó a un descampado. Y lo que pasó fue genial. Me sacó fuera, me bajó los pantalones, me la chupó como solo sabe hacerlo un hombre y me puso un condón. Se bajó los pantalones y me dijo que me lo follara.
Nunca lo había hecho con un tío, lo que se es que le metí el rabo hasta los huevos. El gritaba, fóllame macho, hazme tu hembra, quiero ser tuya.
Lo que más me excitaba era ver a un tío rubio guapísimo, criado en cortijos, fuerte, capaz de derribar a un caballo de un porrazo, portándose como una maricona y abriéndose para que lo penetrara un estudiante salido y resultón que solo tenía de fiero soldado el nabo que estaba rompiendo el culo del rústico.
Saqué mi polla, me quité el condón y le hice tragar toda la leche que no era poca. Se relamió, me limpió, se la tragó y después me pidió que le soltara una bofetada. Y lo hice.
Después de tantos años aún me lo sigo follando.
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